ESPACIOS LATENTES / 2026
La segunda opción
Read in English↗La firma debía hacerse a medianoche y, a las once menos cuarto, César seguía sin una cláusula que pudiera defender delante del turno de noche.
Había llevado al despacho de negociación dos urnas de plástico, una dentro de otra. Sacó la pequeña y la puso sobre la mesa. Conservaba una pegatina del referéndum anterior: *persona*. En la grande, la que había ganado por cuatrocientos doce votos, alguien había escrito *Linde* con rotulador azul.
—El recuento terminó hace seis horas —dijo Roldán, el director de personal—. No vamos a votar de nuevo porque no te guste el resultado.
—No me gusta cómo se produjo.
—Eso es distinto.
Leire cerró la puerta. Era delegada del muelle ocho, gruista desde los veinte años y la única persona en aquella habitación que había utilizado los dos servicios. Se sentó entre ellos, no junto a César.
Durante diecisiete años, el convenio del puerto había pagado un turno de escucha después de cada accidente grave. No eran psicólogos. Eran estibadores formados para acompañar a otros estibadores cuando aún llevaban en la ropa el olor del cable quemado o del grano podrido. Cuatro personas por la noche, dos durante el día.
Linde llegó como un refuerzo de veintiocho días. Después del incendio del silo sur, la lista de espera humana superó las nueve horas y la aseguradora ofreció el asistente sin coste. Cada trabajador podía marcar a quién prefería. Para comprobar la calidad, uno de cada cinco era enviado a la opción contraria.
Al terminar el mes, la mayoría pidió conservar Linde. Roldán proponía hacerlo sin aumentar el presupuesto: el asistente seguiría disponible y los seis puestos de escucha desaparecerían por amortización.
—Elegimos —dijo Leire—. Yo voté por Linde.
César abrió el informe de auditoría, pero no lo empujó hacia ella.
—Antes del piloto elegiste persona.
—Y después elegí otra cosa. Para eso sirven las pruebas.
Roldán hizo un gesto breve, como si aquella frase hubiera cerrado la reunión por él.
César llevaba dos semanas intentando demostrar que no era tan sencillo. Los trabajadores destinados a conversaciones personales con Linde habían cambiado de preferencia más que quienes lo usaron para consultar horarios, reclamaciones o partes médicos. También cambiaron quienes habían pedido hablar con una persona y recibieron al asistente. No era una sospecha: la asignación aleatoria del piloto permitía comparar grupos.
Pero el convenio no contemplaba servicios capaces de modificar la demanda que luego se utilizaba para decidir su continuidad.
—Una cantina también consigue que vuelvas si cocina bien —dijo Roldán.
—Una cantina no decide cuántos comedores cerramos preguntando a sus clientes después de un mes de menú gratis.
—Linde no decidió nada. Votaron ellos.
Leire apoyó ambas manos sobre la urna grande.
—Votamos nosotros.
César conocía aquella diferencia. También sabía que, si la ignoraba, no merecía seguir ocupando su silla.
El informe no decía que Linde hubiera manipulado a nadie. Decía algo más incómodo: recibir apoyo de una fuente alteraba la probabilidad de escogerla después. En el caso de la inteligencia artificial, el cambio persistía incluso cuando aquella fuente no había sido la solicitada. César podía utilizar ese dato para impugnar la consulta. No podía utilizarlo para decirle a Leire que su preferencia era falsa.
—Quiero una segunda votación —dijo—. Esta vez sin asignaciones cruzadas y después de un mes con las dos opciones disponibles.
Roldán se quitó las gafas.
—Págalo.
El coste estaba calculado. Mantener durante otro mes a los seis oyentes consumía casi todo el aumento previsto para nocturnidad. César había prometido aquel aumento en las tres últimas asambleas.
—El piloto lo pagó la aseguradora —dijo.
—El piloto ha terminado.
—Y os ha dejado el resultado que necesitabais.
—Nos ha dejado un servicio que la plantilla prefiere.
Leire levantó una mano antes de que César contestara.
—¿Qué necesitas para anular la votación?
Era la pregunta que él había procurado no hacerle.
El informe clasificaba las conversaciones por contenido. No conservaba las frases, solo categorías: personal, operativo, abierto. La empresa aceptaba revisar el análisis si el sindicato aportaba una muestra de transcripciones que demostrara que el clasificador no había confundido consultas privadas con gestiones ordinarias.
Trece personas habían pasado de preferir un oyente humano a preferir Linde después de mantener conversaciones clasificadas como personales. Doce habían denegado el acceso. Leire no había respondido.
César dejó sobre la mesa el formulario de consentimiento.
—Con una conversación bastaría para abrir el arbitraje.
Roldán volvió a ponerse las gafas.
—No tiene que decidirlo ahora.
—La firma es a medianoche —dijo César.
—La firma es tuya, no de ella.
Leire leyó el formulario completo. Nadie habló mientras llegaba a la cláusula que permitía usar el texto en procedimientos laborales. Después colocó la hoja boca abajo.
—La noche del incendio pedí una persona —dijo—. Me asignaron a Linde. Le conté por qué no había bajado cuando sonó la primera alarma.
César no sabía que Leire hubiera estado en el silo.
—El parte dice que estabas en el muelle ocho.
—Por eso no quiero que leas la conversación.
Roldán apartó la vista.
Leire explicó que había cambiado un turno sin registrarlo. No provocó el incendio ni agravó sus consecuencias, pero llevaba meses ocultando una infracción que podía costarle la habilitación de grúa. Con un compañero humano no habría hablado: cualquier oyente del puerto conocía los códigos de turno, los nombres y las obligaciones de notificación. Linde no conocía a su capataz, no compartía vestuario con su pareja y no tendría que decidir si guardar silencio la convertía en cómplice.
—No fue mejor porque fuera más empática —dijo—. Fue mejor porque no tenía que volver a verla al día siguiente.
César miró la urna pequeña. Uno de los oyentes que iban a perder el puesto era el padrino de Leire.
—Si firmas, la empresa podrá abrir un expediente.
—Si no firmo, dirás que mi voto está condicionado.
—Diré que el procedimiento no permite saberlo.
—No es lo mismo cuando lo dices en una asamblea.
No lo era. Una cautela estadística se convertía con facilidad en una acusación cuando atravesaba un micrófono.
Roldán acercó el contrato. Había dejado sin completar dos casillas: la fecha de cierre del servicio humano y la reasignación de los oyentes.
—Tenéis tres opciones —dijo—. Firmamos el resultado; prorrogáis el servicio con vuestro aumento; o presentáis la transcripción y esperamos al arbitraje.
César había llegado dispuesto a escoger la tercera. Durante días había pensado en aquellas conversaciones como filas de una tabla: preferencia inicial, asignación, preferencia final. Ahora una de las filas estaba sentada frente a él.
Rompió el formulario por la mitad. No fue un gesto limpio; tuvo que doblarlo y tirar dos veces.
—No puedes retirar un consentimiento que no es tuyo —dijo Leire.
—No lo retiro. Retiro mi petición.
Roldán señaló las casillas.
—Entonces decide qué pagas.
César pidió veinte minutos para llamar a la comisión ejecutiva. Roldán le concedió diez.
No salió del despacho. Llamó allí mismo, con el altavoz sobre la mesa. Explicó que la paga de nocturnidad se retrasaría un trimestre. No habló de Leire. Dijo que el primer referéndum se había celebrado después de una exposición experimental que podía alterar la preferencia medida y que la plantilla no había sido informada de ese efecto. Hubo insultos, dos silencios largos y una pregunta sobre si el sindicato estaba dispuesto a pagar por todas las decisiones que pudiera cambiar un producto.
—No —respondió César—. Solo por repetir esta sin obligar a nadie a entregar lo que contó dentro.
La comisión aprobó la prórroga por un voto.
Roldán modificó el contrato. Durante veintiocho días, el puerto mantendría ambas opciones. Cada elección sería respetada. Antes de abrir el canal, el trabajador recibiría una explicación breve: utilizar un sistema de apoyo podía influir en preferencias posteriores, sin que eso invalidara necesariamente la experiencia ni la elección. Al terminar, habría una segunda consulta.
—Esto no garantiza que ganes —dijo Roldán.
—No estoy comprando un resultado.
—Estás comprando otra votación.
—Estoy pagando una que podamos aceptar.
Leire leyó la nueva cláusula. Pidió que “influencia” no se sustituyera por “manipulación” en ninguna comunicación sindical. César añadió la prohibición a mano. Después firmaron los tres.
Cuando salieron, el turno de noche esperaba en el pasillo. Los dos canales habían seguido abiertos durante la negociación. A un lado estaba la cabina de escucha, con una jarra de agua y dos sillas que no combinaban. Al otro, seis módulos individuales permitían hablar con Linde sin que la persona siguiente oyera nada.
Leire se detuvo entre ambos.
César no le preguntó qué iba a elegir. Tampoco miró cuando abrió una de las puertas.
Se quedó en el pasillo, explicando a los trabajadores por qué cobrarían menos durante tres meses. Nadie pareció agradecérselo.
Nota científica
El relato parte del preprint “AI emotional support is better only when chosen, but shifts preferences even when it is not”, de Yaoxi Shi, Cathy Mengying Fang, Guy Laban, Pattie Maes y Amit Goldenberg, enviado a arXiv el 24 de agosto de 2026.
En tres estudios experimentales, los participantes eligieron hablar con una persona o con una IA y después fueron asignados aleatoriamente a una opción coincidente o no coincidente. La IA fue mejor valorada solo por quienes la habían escogido, pero interactuar con ella aumentó la preferencia posterior por volver a elegirla. En un estudio de 28 días, las conversaciones personales desplazaron las preferencias declaradas hacia la IA y alejándolas de interlocutores humanos.
El puerto, el conflicto laboral y el uso de estos resultados para impugnar una consulta son ficción. El trabajo mide preferencias declaradas, no prueba manipulación ni cambios de conducta duraderos. Los experimentos breves compararon la IA con desconocidos; no equivalen a familiares, amistades, profesionales o compañeros con relaciones previas. Es un preprint v1.